sábado, 28 de septiembre de 2013

Después de la guerra económica qué?

Muchos han sido los que han apuntado con preocupación la similitud de la teoría, la técnica y la práctica que se impone en la Venezuela actual con los últimos tiempos del gobierno de Allende: derecha infiltrada comiéndose la Administración Pública, grosera especulación, situación de zozobra, medios que actúan cada día más como el Mercurio de Chile, etc. 

Sin embargo, me arriesgo a plantear otro tema y es el qué sigue si nosotros no nos despertamos. Algo tiene que hacer que los grupos económicos pujen tanto contra quienes consumen sus productos, alguna oferta tiene que ser apetitosa más allá que la mejoría social del pueblo signifique que crezca la capacidad de la gente para comprar sus bienes. 

En esta idea iba cuando un taxista me dijo “Son setenta, veinte más, eso para que te alegre haber votado por Maduro, esta es otra Venezuela”, pude haberme agotado en lo irracional de su argumento, pues el “cambio” era la oferta de la derecha.

 ¿El cambio o el castigo? El castigo, por ejemplo, de destrozar los edificios de la Misión Vivienda, de caerle a plomo, de cobrarles más.

De aumentar la tajada que cobran “para mantener la distancia de clases” a cada pedazo de pan o de queso que compra un trabajador. Sigamos en la idea del castigo y pensar, que estamos en el momento de poder afirmar “lo hicimos como lo soñó Chávez” o “todo esto hubiese sido posible si Chávez no hubiese muerto” y me atrevo, en tal sentido, a especular sobre datos históricos que leo del caso argentino. 

Por ejemplo, qué pasó en la Argentina cuando pasó del modelo socialista que había aumentado el PIB y su distribución, qué hicieron además de disparar con los precios los grupos económicos.

En tal sentido, plantea Giniger que en Argentina ya el apoderamiento obrero había llegado a que lo sindical exigiera no sólo salarios mayores “sino que por el contrario establecía debates sobre las condiciones de trabajo e incluso muchas veces disputaba el propio control sobre el control de trabajo”lo que puede asimilarse a lo que significa la puerta que se está abriendo en la Revolución con los Consejos de Trabajadores y mejoras, como por ejemplo, los dos días libres. 

Entonces, las empresas presionaban y no para derrocar el gobierno sino para “decapitar y eliminar a una izquierda que no se resignaba al modo de producción capitalista sino que apuntaba directamente a un socialismo que lo trascendía”.

Una especie de guerra para sobrevivir en la lógica de acumular y de mantener, privilegios y una relación de subordinación en lo esencial distinta a la que es posible en el capitalismo. 

Por ende, para eliminar la izquierda no basta con presionar al pueblo con dinero sino que se toma parte activa tanto en fichar a los miembros de las organizaciones sindicales y apoyar la erradicación de todo lo que suene “comunista”

 Pero en los pasos previos que se siguieron para lograr este, digámosle así, objetivo final, primero fue necesario construir una dirección sindical de derecha que pedía imposibles para suprimir las organizaciones realmente pro-operario. 

Aquello me resulta el patrón por ejemplo, de las federaciones universitarias constituidas en instrumentos de amenaza permanente del Estado incluso en detrimento de los intereses y posturas del colectivo de profesores y profesoras, que rara vez convocan. 

Sin hacer de esto una conclusión definitiva, en el caso de lo que a la larga pasó en Argentina vemos que instalada la dictadura “la productividad laboral aumentó en un 50%, las horas trabajadas aumentó en un 10%, el salario real disminuyó en un 9% y la cantidad de obreros disminuyó en un 40%” 

Si halamos las consecuencias lo que fue un poco después vemos que esto se conjugó con la minimización del Estado en aras del neoliberalismo lo que significa que más servicios pasaron a ser excluyentes y pagos, a la vez que más prestaciones fueron trasladadas a manos de privados.

 Es decir, que la guerra económica gira en un todo ganar para quienes tienen por vocación la acumulación y el todo perder para quienes tienen el deber de laborar. Unidos los extremos con un lazo de represión y horror, capaz de disciplinar las clases obreras, de modo a que acepten el precepto bíblico de que la pobreza es un estado natural y por ende, inmodificable.

 Dejo el presente comentario abierto como una invitación a despertar, a entender qué defendemos y qué precio tendría la entrega sencilla y simple de todos nuestros sueños. 

Caracas

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