martes, 14 de enero de 2014

No me temas.


No me temas,
Verás no tengo más que dos brazos,
Dos decenas de dedos, dos ojos.
Verás no tengo más que un trabajo,
Que una libreta llena de notas,
Que un par de sellos en el pasaporte.
Nunca he matado a nadie
Y rara vez he tenido ganas de hacerlo.
Nunca le he pegado a mi madre
Y no disfruto la idea de comerme a nadie.

No me temas,
He vivido en esta tierra toda la vida
Y he sufrido con la historia de mis padres,
He comprado el pan en la misma panadería
Tardado en conseguir los repuestos del carro,
He hecho cola para servir gasolina,
Mas de una vez he creído que me han disparado.

No me temas,
Si te pones muy intenso
Puedo darte un librazo
O hacerte callar dolorosamente
-con un beso-
No tengo armas a mi nombre
Ni un par de navajas bajo la cama
No tengo amigos en la Armada
Ni círculos que enviar a darte un susto
No frecuento sitios de la mala vida
No tengo contactos de extranjería
No tengo alcohol fermentando en el cuarto
No tengo más que un puñado de alumnos
Una pared llena de pajaros
La misma amistad de siempre
La misma humanidad
Que corre por tus brazos
Que te hace reír
Que te hace temer
Que te hace venir.

No me temas
No te temeré.

El mito



Nuestra sociedad fue primero politeísta, habitada y dibujada por mitos y leyendas de cómo la tierra fungía como madre generosa que además de hacernos nos cuidaba. Luego, fuimos violentamente convertidos al catolicismo y pasamos a esta sociedad de privilegios que algunos entienden capitalista aun cuando es en tantos temas feudalista.

Pero ahora pongamos que mi propósito no es ser históricamente exacta sino apuntar algunas cosas muy presentes, tales como la persistencia de mitos y leyendas, que piensan que todos los indígenas entregaron la tierra, que todos los blancos criollos estaban con la Independencia y que sólo habían un par de locos, un poco raros, que se opusieron al Poder central que se instauró en 1830. Pues he aquí una cuidadosa colección de mentiras, pues, aún hoy hay quienes piensan la Independencia como una desgracia y quiénes exigen al Estado Nacional sus tierras como lo hicieron ante la Corona.

Esta simplificación que omite por ejemplo que el siglo XX, en esos cuarenta últimos años fueron años de diferencias y persecución de la diferencia, revueltas militares y represión militar –si, ambos al mismo tiempo- es la misma que ilumina las mentes que piensan que no existen en Venezuela maneras distintas de entender el problema –o los problemas- sino que algunos son buenos y otros malos, punto y fin.

Por dicha causa muchas veces una se encuentra enjaulada en la primera fase de la construcción mítica: los chavistas no han estudiado, no son blancos, no tienen diferencias con las medidas del gobierno. Aceptan el todo por el todo en un movimiento más automático que reflexivo.

¡Vaya que sería hermoso que estas personas vieran calentarse el debate cuando se habla de carbón o de ecología, de toma del poder o de continuar en él! ¡Vaya que sería bonito que la gente entendiera que no tenemos cortezas que impiden que nos toquen las balas, que también hemos sido robados o hemos perdido gente querida, que vamos a la misma cola del pan o nos siguen cobrando al triple cualquier baratija!

Nuestras diferencias no están allí. Por lo menos, aquí, permítanme que hable como si representase más gente que a mí misma.

Las diferencias están en la naturaleza de las respuestas que ante los problemas se intentan desde cada lado de la acera. Frente a la reducción de la estabilidad del trabajo, la disminución de los salarios, el uso de la policía como arma represiva, la entrega de materias soberanas –como las de seguridad nacional- nos oponemos a la intervención, lo que ha llevado a posturas modeladas bajo el criterio robinsoneano, de inventamos o erramos.

La verdad es que el hoy no es tampoco una especie de cosa que se dio en el horizonte producto único de la casualidad o peor, de la maldad. La sociedad en la que vivimos tiene un antes y un después. Porque por ejemplo si vemos el siglo XIX para la Cosiata también se vivió el juego de desaparecer y encarecer los víveres, en el siglo XX también precedió varias crisis y en la geografía mundial, donde la empresa se trasnacionalizó se ve como práctica frecuente para sacar del juego “a los otros incómodos”.

Este juego es difícil para todos y lo vivimos todos, los que generaciones atrás abandonamos el conuco por la vida en el sector terciario de la economía. Ahora bien, ¿contra quién es el juego?, ¿contra el pueblo o el gobierno? Pongamos que fuese un juego contra el gobierno pues al caer éste se acabaría el problema, volverían como en Chile en el 73 los bienes a los automercados pero allí es donde el juego es contra el pueblo pues sus nuevos precios o las nuevas condiciones los harían en permanencia invisibles en la mesa de los obreros.

Este, por ejemplo es un cambio en el país porque difícil como resulte la comida se compra en bolívares y regulada y de esto dan prueba los indicadores de la FAO y basta con el sencillo ejercicio de mirar fotos para ver la mutación de un pueblo desnutrido a uno que incluso tiene sobrepeso.

Con respecto a la inseguridad siempre recuerdo la primera frase que le escuché a Ignacio Ramonet en París sobre Venezuela “en 1980 y algo me enviaron como corresponsal de Le Monde Diplomatique a ver la explosión delincuencial en Caracas, pues ya la ciudad rompía los estándares internacionales.

De nuevo, el problema existe, lo vivimos a diario. Par de veces he visto pistolas, par de amigos he perdido por causas absurdas. Sin embargo, el delito no es un hecho que se produzca solo y de la nada. Cuando lo hace así, suele ser inducido y esto tampoco tiene nada de nuevo.

Pero no quiero entrar a un planteamiento largo, tedioso o sospechoso de la teoría de la conspiración sino en la diferencia en materia de soluciones pues, si algo niego rotundamente es la limpieza social, la pena de muerte o la justificación de la tortura. En Venezuela al respecto, de hecho, existen anécdotas que podrían ser revisadas por quienes les interese el tema.

¿Quiénes somos? ¿qué nos ha hecho? ¿por qué les han pintado el mito que venimos a comer niños, a matar mujeres, a acabar trabajos? ¿Por qué me miran con los ojos aguados quienes consideran que mi trabajo sería mejor para otras causas o los que sentados con mi anunciada no renuncia a la esperanza me tildan de inocente de la política?

¿Por qué me tengo que sentar a explicar que somos unos tantos miles que no hacemos otra cosa que dar lo que somos para que otros, que quizás ni nos conocen puedan vivir mejor, sin escapar del Nuremberg de los prejuicios que se agotan en calcular lo que yo he de pensar por haber votado todas las veces por Hugo Chávez?

¿Por qué son otros los que se muerden la lengua, los que les da carraspera, el ver que en ambas aceras existen seres completamente naturales con aspiraciones y defectos, intentando vivir su vida y pensar lo que piensan?

¿O es que nuestra pequeña economía de puerto, nuestro oro negro, nuestra incultura histórica, nuestro odio transmitido de generación en generación no ha sido punteado por convenientes mitos que le convienen a otros que no somos ni ustedes, ni nosotros?

lunes, 13 de enero de 2014

No quieras conmigo


Yo no quiero tener hijos por accidente
Ni sentarme a llorar cada dos meses
Yo no quiero ser a quien odie tu madre
Ni respirar el aire pesado de su presencia.
Yo no quiero que me mires con la vara
Con la que me prohíbes la ropa
Y miras deseoso películas pornográficas.
Yo no quiero ser sentada en la despensa
Donde falta el arroz o sobra el papel
Como cualquier otro artefacto eléctrico
Yo no quiero que dudes en decir mi nombre
Que cortes la circulación de tu dedo con una alianza
Yo no quiero repetir la historia de mi abuela
Y que el alzheimer me recuerde que quise estudiar
Pero que la vida de fregar, de tener que ser socialmente
Correcta, con amigas, tacones, lentes de sol
Hijos y carteras me lo impidió.
Y si tú quieres querer con todos mis no quiero
Si crees que no te despertarás mañana
Buscando el botón que detenga la locomotora
De la rutina, donde a dos tomemos la escoba
Donde a dos tengamos los hijos
Donde a dos hagamos la casa,
Midamos el pan,
Corramos al médico,
Llenemos la despensa,
Pues yo no quiero que quieras conmigo.

No somos errores de fábrica


Pongamos las cosas sobre la mesa. No es nuestro país el escenario donde se decide tener una vida, siendo mujer, sin consecuencias. Al día siguiente que cumples los veintiséis te comienzan a echar “agua caliente” es tiempo de salir corriendo a casarse. Son los veintiséis ganancia sobre los dieciséis de las abuelas pero en esa década no nos agotamos a que pasase el tiempo, construimos igual aspiraciones y sueños.

Puede que a usted, los veintiséis le agarrasen soltera, solterísima o en una relación seriecísima, el drama será convencer al que tiene al lado o buscarse uno que se deje convencer pero luego, se verá en un plano reduccionista.

A quienes, habiendo gozado hasta los veinticinco el panorama completo se verán en la afirmación “tienes que dejar lo que quieres para atenderlo”, “si tú sigues así te quedarás sola”, del “mira que la mujer nace cuando se hace mamá”. La frase puede usted decorarla como pastel. 

Pues parece que lo que no tenemos ninguna la capacidad de omitir ese deber de casarse y si usted pasa por esta vereda impune, no se asuste, a los treinta la atajaran con el “es mejor tener un chamo incluso sin papá”.

Pero puede que nosotras no seamos rebeldes sin causas o nacidas por error. La verdad, conozco más de una historia que pintaba matrimonio “de velo y corona” hasta los veintitrés o veinticinco pero que se descubrió como “matrimonio de castración y fregona”

Entonces, puede que más que una me acompañe en la gana de lanzarle a los interrogadores la frase “más vale soltera que mal casada” o en fin, cualquier equivalente pero eso cierra tan sólo el enfrentamiento puntual, no la obsesión general.

Esta vez no tengo ganas de entrar a un análisis sociológico mayor de esta sociedad que se preocupa en martirizar a mujeres perfectamente normales con protocolos anormales o no vale la pena citar que somos el país de los embarazos precoces o de la violencia desmedida.

A las congéneres va un llamado a la calma quizás a la larga ganemos la apuesta que me limito a retomar.  A la próxima que me quieran igual o no me quieran tanto, tendrán que quererme con todo y libertad.