viernes, 22 de marzo de 2013

El rancho se lleva en la cabeza.


Fue tan sólo un rumor. Alguien apareció en la oficina con voz de megáfono. Pedía planillas para la Misión Vivienda, todos y todas miraron con pena, aquello era equivalente a declararse abiertamente pobretón, casi casi dependiente del terrible paternalismo del Estado. Yo giré, todos y todas se esforzaban en desaparecer pero aquello duró un segundo. Con intensidad se dirigieron a la página de la Misión “dicen que la casa es en Cumbre de Curumo, con eso completo la colección. Mi casa de playa, mi casa de montaña, mi apartamento en los Ruices y otro en Cumbres.” 

Aquella conversación iba entre dos que juraron amor al "Flaquito" pero que permanecían aferradas a trabajar para el rrrrrégimen que había arruinado sus vacaciones en Orlando. Las mismas que habían nacido en tierras calientes pero ahora tomaban vino tostado al Sol del mediterráneo y reían de vacaciones en Moscú y en Barcelona.

Eran las mismas que ponían cara de disimular, un trapo en la cabeza y decían “me da tres pollos del Mercal”, si, si, porque sabían de memoria como quedaba aquella cosa terrible que el Chávez se había traído de Brasil, que es chévere, pero no tanto porque Lula es como chavista.

La gente se hacía la vista gorda, ¿cuánto dinero entraría en mi patrimonio por ser, zaz, la número uno en la lista y dejar a otro sin casa? Con tal, ese otro, si se inscribió antes es un niche des-casado y no le hará ni tanta falta, ese está acostumbrado al rancho, porque tú sabes, que el rancho se lleva en la cabeza.

Galeano: Hugo Chávez es un demonio

Hugo Chávez es un demonio. ¿Por qué? Porque alfabetizó a 2 millones de venezolanos que no sabían leer ni escribir, aunque vivían en un país que tiene la riqueza natural más importante del mundo, que es el petróleo. Yo viví en ese país algunos años y conocí muy bien lo que era. La llaman la "Venezuela Saudita" por el petróleo. Tenían 2 millones de niños que no podían ir a las escuelas porque no tenían documentos. Ahí llegó un gobierno, ese gobierno diabólico, demoníaco, que hace cosas elementales, como decir "Los niños deben ser aceptados en las escuelas con o sin documentos". Y ahí se cayó el mundo: eso es una prueba de que Chávez es un malvado malvadísimo. Ya que tiene esa riqueza, y gracias a que por la guerra de Iraq el petróleo se cotiza muy alto, él quiere aprovechar eso con fines solidarios. Quiere ayudar a los países suramericanos, principalmente Cuba. Cuba manda médicos, él paga con petróleo. Pero esos médicos también fueron fuente de escándalos. Están diciendo que los médicos venezolanos estaban furiosos por la presencia de esos intrusos trabajando en esos barrios pobres. En la época en que yo vivía allá como corresponsal de Prensa Latina, nunca vi un médico. Ahora sí hay médicos. La presencia de los médicos cubanos es otra evidencia de que Chávez está en la Tierra de visita, porque pertenece al infierno. Entonces, cuando se lee las noticias, se debe traducir todo. El demonismo tiene ese origen, para justificar la máquina diabólica de la muerte.

Al Pan, Pan.



Un estudiante es una persona que se dedica a estudiar, y estudiar es el proceso de obtener conocimientos mediante diversas técnicas. No guarda la palabra estudiante ninguna relación directa con el vocablo mercenario aunque algunos pretendan venderlas en Venezuela como sinónimos.

¿Estudiantes? Venezuela ha cosechado una enorme cantidad de universidades. Estudian los policías, las amas de casa, los taxistas. Estudian debajo de un árbol de mango, en una aldea, en las Salas de Teatro del casco central de la Ciudad de Caracas. Hablan el idioma de ésta tierra, son o no son, parte de movimientos políticos. Repiten o no las materias. Pagan la matricula de la Universidad privada o disfrutan del Estado de Justicia Social. Tienen un horario y una ciudad de residencia, no ir a clases es perder el semestre y esto es fracasar en su carrera.

Livia Gouverneur era estudiante. También los estudiantes de unos cuantos bachilleratos que no tuvieron derecho ni a ser recordados. Soñaban con ser estudiantes los sin cupo, las muchachas que quedaban embarazadas, los que nacieron hijos de obrero para ser padres de obreros.

Por eso, no son “los estudiantes” esa fracción de señoritos que se no recuerdan en qué meridiano queda Venezuela y no dejan de serlo los que hoy se gradúan de médicos comunitarios, los que están en las filas de la Unes, ni los que se oponen, ni las que se oponen a que vengan por su antojo a encadenarse al CNE.

Creo que fue Maduro quien les recordó lo simbólico de su acto. El pueblo de Venezuela, histórico forjador de libertades ha emprendido siempre el sueño de romper cadenas, pero eso lo dice el Himno Nacional que no cantan porque eso es de chavistas.

Al pan, pan, y al fascista, fascista. Que no nos sigan llenando con sus artilugios las televisoras la cabeza en alteraciones de nuestro lenguaje: no es inseguridad es delincuencia, no son centros de acopio, son refugios. No son estudiantes, son fascistas. No somos el oficialismo, somos el chavismo, el movimiento bolivariano, la revolución.  No es escasez, es acaparamiento. No es Maduro, es la orden del Comandante. No es la hora de la crítica es la del combate.



miércoles, 20 de marzo de 2013

Yo me hubiese casado contigo

Yo me hubiese casado contigo.

Yo me hubiese casado contigo cualquier día, incluso un miércoles. En cualquier lugar, incluso por skype. Yo me hubiese casado contigo con tal de tenerte, durante cada día que estuve contigo y todos los que siguieron después. Tú nunca quisiste aquello conmigo. Mi nombre es sinónimo de tu miedo y a la larga el tema perdió la vigencia, sólo quedó tu miedo y mi dolor sometido a ser golpeado por las mismas piedras de siempre.

Yo por no haberme casado contigo perdí el brillo de sonreír con el alma, la inocencia de amar profundamente sin medidas ni una carta bajo la manga que indica que más pronto que después he de huir. Yo no me casé contigo porque tú no quisiste casarte conmigo cualquier día, menos un miércoles y tampoco en cualquier lugar y menos por skype.

Para jugarme el alma tras saber que tú no te casarías contigo mi vida se ha tornado en cascarón de la católica resignación, cuantas historias creí escritas con un sólo gesto de salvarme de aquél limbo.Tú nunca llegaste. Yo nunca me fui. Yo me desgarraba en gotas de haber querido lo que no fue.


lunes, 18 de marzo de 2013

Aceptación


Una suele aceptar sin demasiada formalidad, la muerte de una esperanza. Suele entenderlo como cosa cotidiana y esto se pone peor si se somete a consulta de algún experto o inexperto en el arte de consolar. Creo que después de los 25 una ya tiene bastante background para entender que le contestarán que todo pasará, que dos ramasos y se acabó, que si pasó era lo mejor.

Una suele callar sin demasiada formalidad, la muerte de un pedazo del alma. Aquello ocurre en ocasiones diversas como por ejemplo cuando la luz se ve más cerca que el final del túnel y estabas a todo disfrutar el esquivar los carros y las curvas.

Una suele llorar sin demasiada formalidad, la muerte de una amistad. Aquello pasa por tantas causas, muerte, descontento, diferencias políticas y apolíticas, cuestiones del corazón y del arañazo. Creo que más amistades son las que mueren que las que sobreviven.

Pero una suele tener dificultades para drenar las esperanzas muertas, los pedazos del alma que quedan guindando sin cumplir su rol y las amistades que se fueron. La prueba máxima es encontrarse la esperanza, el alma o el amigo en la punta de un ascensor que tardará la eternidad en bajar o tener que fingir satisfacción pues una calladamente entiende la vida como un estado prolongado y continuado de muerte.

Una suele dejar de lado, por la madurez obligatoria, el derecho a sentirse como un trapo que se perdió en el aeropuerto o en el gimnasio.

Maracaibo. En letras de ayer.


La vida había dado un giro peligroso. Fue seguramente en un momento en el que me quedé pensando en otra cosa, seguro fue el día mismo que me di cuenta que mi relación perfecta jamás acabaría en el vestido y la misa, o, el día que murieron mis aspiraciones de fama. El tiempo acababa la belleza y el exceso de trabajo, la inteligencia, pero todo giraba con ruido y prisa. Giraba. Giraba, giraba. Jamás se detenía. Nunca arrancaba. Giraba…

Desde entonces estaba suspendida en una burbuja que en los momentos más angostos era una cuerda floja sostenida por la tensión mientras que por capitulo, la vida se había tornado en una comedia que no era divina ni causaba risa. En eso descubría que mi catecismo había resultado: sufría, por el mero arte de sufrir.

Sufría la relación de trabajo y el exprimir del cuerpo, la mente y las ganas. Sufría la relación con el espacio físico, la cola, el ladrón y el metro que se atrasaba siempre. Sufría el cuerpo que se deslizaba por la ducha cuando estuve sola y dejaba salpicaduras moradas en la rodilla. Pero sobre todas las cosas sufría la soledad de aceptar que sufría sin que aquello fuese relevante porque a quienes pudiera importarles se habían ido.

Ese momento si lo recuerdo, fue alrededor de una mesa con las confidentes de siempre que perdí la voz para quejarme. Para siempre desde ese momento entendí que era tiempo de estar rotundamente sola. Ya nadie miraba, hablaba, quería.

Por eso, miraba afanosamente el espacio. La casa ya no era la mía. La ciudad me había olvidado y yo la miraba horrorizada. Ya no era el patio de los sueños, ni el café con amigos. Era la camisa que se había manchado y había tirado  a la última gaveta por el simple temor de tirarla de un solo golpe.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Nuestro Oficio. Valera Mora

NUESTRO OFICIO


Foto: Vasco Szinetar (detalle)
Por este empecinamiento del corazón
en hacerse horizonte por completo:
nosotros, que hemos participado
en los grandes acontecimientos históricos,
que hemos ayudado en lo construido
aún con un poco de tristeza,
digamos, casi mucha.
Guardamos
toda nuestra radiante alegría
para lo que construiremos
cuando el pueblo llegue.

Podemos caer abatidos
por las balas más crueles
y siempre tenemos sucesor:
el niño que estremece las hambres consteladas
agitando feroz su primer verso.
O el otro, el de la disyuntiva,
que no sabe si hacerse flechero de nubes
o escudero del viento.

Jamás la canción tuvo punto final.
Siempre deja una brecha, una rendija,
algo así, como un hilito que sale,
donde el poema venidero pueda
ir halando, ir halando, ir halando,
halando hasta el mañana.

Nosotros los poetas del pueblo,
cantamos por mil años y más...